OFICIAL GRANDE copia

No soy escritor porque no siento esa urgencia de escribir pese a todo. Pese a mí mismo. La escritura para mí es un acto de fugaz inspiración más que de disciplina y comprendo que sin esta nadie puede reconocerse como autor. Dependientes de las musas nos convertimos solo en generadores de ocurrencias y nuestro manejo de las palabras es deficiente, sin técnica, pues para dominar un oficio, un arte, se requiere del ejercicio constante del mismo no sólo motivados por una pulsión etérea sino por la acción rotunda de encontrarse cara a cara con la hoja en blanco para transformarla. Retarla. Para convertirla en el contendor de imágenes y sugerencias. De comunicación. Yo no tengo la constancia de escribir como quienes se toman a la palabra con la dedicación que amerita. Me gusta acariciar las letras con las yemas de los dedos y muchas veces estas no se transforman en palabras escritas. Se quedan ahí. Flotando, perdidas. No se convierten en monumentos como aquellos extraordinarios volúmenes de novelas, poesía, ensayo, cuento, teatro que admiro. Es más, ni siquiera tengo claro qué escribo cuando escribo. Solamente dejo que algunas ideas, recicladas y viciadas, emerjan. La suerte que tengo es que encuentran cauce en programas de televisión, páginas de periódicos o en sitios de internet. Pero hasta ahí. No negaré, sin embargo, que mi cotidiana relación con la palabra me genera la angustia de querer crear algo más trascendente que algún artículo periodístico, un comentario en un blog o algún texto breve. Me refiero a alguna novela, a algún volumen de cuentos o quizá poesía. Me emociona tanto leer poesía. Soy un lector recurrente e incansable. Quizá por ello estoy incapacitado para entrar en sus bellísimos terrenos. Porque la idolatro. Menos sin la disciplina ni pericia de un escritor que vive y sobrevive para la palabra. Para mí, un periodista de maquila, el lenguaje se ha convertido más en una vía de sobreviviencia más que de creación. Esto en el mejor de los casos porque me he convertido en el canal que otros usan para llevar a cabo sus ideas y ambiciones, su generación de riqueza y prestigio. Mis palabras a su servicio. Yo suelo estar en el anonimato. Y me gusta. Al menos eso creo. Tal vez ya no sé estar en otro sitio que no sea la invisibilidad. Y en esa invisibilidad me refugio para no enfrentarme a la palabra. Para siempre postergar mi encuentro con la creación literaria. Algo que un escritor genuino no haría. Él escribiría bajo cualquier circunstancia. Yo siempre busco los momentos ideales. Aquellos que no existen y, por lo tanto, nunca llegan. Entonces mi escritura más que una serie de encuentros con la página en blanco es una fuga constante. Una postergación infinita. De esta manera no se puede ser un escritor porque uno no escribe nada.

No soy escritor porque no asumo la literatura como un territorio por conquistar sino como una derrota. Llego a la página en blanco sobrepasado por mi inexperiencia, por mi credulidad, por el miedo paralizante. No de la hoja en blanco que se puede llenar con cualquier consecución de palabras. Ese oficio lo he ejercido en el periodismo por más de 17 años. Si no por el terror a la certeza de que uno no es escritor y que todo lo que haga será labrar un camino hacia la nada. Hacia la inactividad.

No soy escritor porque no tengo un dominio de mis emociones ni una claridad en mis pensamientos. Soy de una inteligencia modesta que sólo alcanza para almacenar clichés que reproduzco una y otra vez en textos reiterativos y con una miseria verbal vergonzosa. Me aferro a ideas simples. Planas. Y las reuso constantemente cuando no es que me apropio de otras sin siquiera tomarme la molestia de ahondar en sus motivaciones, en sus alcances. La mayoría de las veces las aplico mal y termino diciendo disparates y absurdos que seguramente provocan risas en algún lector incauto que cayó en ellas por razones incomprensibles.

No soy escritor porque no tengo vicios sino sólo excesos. No me entrego a alguna anomalía en pos de la creación. Vivo contenido hasta que cedo un poco y entonces pruebo la desmesura con resultados patéticos. No surgen historias inolvidables. No ahondo en los cimientos pantanosos de la condición humana. No me destrozo para de ahí, en las ruinas, hurgar en preguntas trascendentales o plantear alguna respuesta clara. La única consecuencia son resacas. Crudas existenciales por haber cometido pendejadas. Por haber ridiculizado a mis amigos o a mi entorno. Por haberme convertido en una marioneta de una casualidad burlona que me convierte en blanco de la ignominia, del desprecio, del asco, de la burla. De ahí podría sacar claves para mirarme. Para mirar. Pero no ocurre eso. Termino convirtiéndome en un lamento detestable.

No soy escritor porque la pulsión de la escritura siempre es secundaria. Es sepultada por cualquier nimiedad. Simplemente salir a la calle para caminar con la seguridad de que a los cinco minutos me hartaré del gentío. Leeré apresuradamente y sin retención el periódico o compraré algún libro que pasará a la pila de pendientes que nunca se acabarán.

No soy escritor porque un solo párrafo, desmembrado y amorfo, es una conquista rotunda que alcanza para saciar las ansias de escritura una semana o más hasta que otras líneas igualmente inconexas y absurdas vengan a librarme de cargos de conciencia. Si el resultado fuera algún texto con una lógica o una mínima capacidad expresiva me sentiría realmente un escritor. Pero no es así. De hecho las palabras que escribo sólo se suman a un torrente de frases sin sentido. Tontas.

Anuncios

2 Replies to “No soy escritor”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: