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Cuando surgió la posibilidad de dedicar una materia en la universidad a las soft news me entusiasmé muchísimo. Me animaba la oportunidad de que esta área del periodismo, tan desdeñada o subestimada en la industria informativa, finalmente tuviera su lugar en la academia junto a las hard news, la teoría de información, el conocimiento.

Cientos de periodistas hemos dedicado por completo o parcialmente nuestras carreras a este amplio paraje del periodismo con una inevitable sensación de no ser tomados en demasiado en serio solo por las fuentes de información que atendemos, por las historias que contamos y por cómo lo hacemos, muchas veces desenfadadamente pero no por ello sin datos, fuentes, técnica, rigor.

Claro. Hay las excepciones que se vuelven el pretexto perfecto para justificar el canon del “gran periodismo” que fundamentalmente incluye a las secciones duras. Y hoy en día, sobre todo, al periodismo de corte social. Quizá pocos se atreverían a equiparar a Pati Chapoy con Elena Poniatowska o Carmen Aristegui aunque igual es una fantástica entrevistadora, por ejemplo.

En los años que llevo dedicándome a las soft news como editor de suplementos de entretenimiento, guionista de programas de espectáculos, reportero de cultura, colaborador de revistas de sociales o columnista en magazines electrónicos siempre he comprobado que en estas trincheras se requiere el mismo profesionalismo que en las secciones duras.

Hay una exigencia máxima, el agobio de la premura incesante, mares de información, historias que clarificar y revelar, guardias de horas en pos de una noticia, jornadas kilométricas para encontrar una voz, un dato, una confirmación; encuentros y desencuentros con fuentes, lecturas, observación, ejercicios narrativos, sed de exclusivas, agudeza, frustración, desconsuelo, satisfacción, agresiones. Sí, en estas fuentes también se insulta y golpea a reporteros.

Pero eso queda sepultado bajo una imagen de banalidad que muchas veces es un mero espejismo. Una distorsión. Sobre todo tras la llegada de internet y la abundancia de espacios amateur que toman el periodismo de soft news no con desparpajo, sino a la ligera. Sin conocimiento. Aunado a los vicios, sí, que perviven en estas secciones (como en todas). Vicios que, por otro lado, perviven y se acentúan justamente por la falta de reflexión y conocimiento especializado al interior de aquellas y desde la academia y hasta el público interesado.

Cuando era reportero de cultura constantemente me decían otros colegas de las secciones de Nacional, Ciudad o Estado de México que nosotros nos la pasábamos súper bien en la tertulia o leyendo libros o visitando museos. Ello a pesar de que nos topábamos en las madrugadas en la redacción escribiendo tras largas jornadas de trabajo o casi chocábamos en las apresuradas llegadas con la información del día.

Por eso me animaba no solo develar ese mundo a los jóvenes periodistas sino también tratar de contagiarles la pasión por contar esas historias que en su aparente simplicidad entrañan lo humano: la música, el baile, la pasiones arrebatadas, los sabores y olores de la comida, los viajes, los engaños y desencuentros de una pareja, la amistad, el nacimiento de un hijo o la pérdida de un padre, los triunfos y fracasos, las ideas y la creatividad, la rebeldía y la sugerencia. El pensamiento. Todo ello en lo que nos identificamos con las celebridades, los deportistas, los intelectuales cuyas figuras públicas nos hacen vibrar, nos generan curiosidad o son un referente. Pero también ir más allá de la apariencia y descubrir sus claroscursos, así como hallar esas otras historias inadvertidas que palpitan tras bambalinas o en torno a esos personajes. ¿Alguna vez se habrían imaginado que Juan Gabriel tenía hijos biológicos a los que misteriosamente mantuvo en secreto hasta su muerte?

Sin embargo, cuando comenzó el curso me topé con una realidad apabullante: las soft news son un campo de estudio prácticamente desértico. No se ha reflexionado mucho, al menos en el periodismo en español, sobre este quehacer informativo tan popular. Y eso que los medios se sustentan económicamente en estas secciones, sobre todo si incluimos deportes, que además suelen ser las más leídas o vistas. Quizá el periodismo cultural es el que tiene uno que otro asomo teórico e histórico más articulado.

Esto nos ha ido planteando un desafío mayúsculo y el camino más obvio parecía seguir el canon, aquel mismo que, sin embargo, mira a las soft news como adornos para atraer lectores o audiencia pero que no las toma demasiado. ¿O acaso vemos a diario en las portadas del periódico una nota cultural o de espectáculos más allá de un llamado o una fotonota?

Fue así que caí en la cuenta de la necesidad de comenzar a plantear un marco de ideas que respondieran a las particularidades de las soft news comenzando con la problematización de los géneros periodísticos. Por supuesto que el ejercicio de las soft news se sustenta en la técnica que todos los periodistas aprendemos en la escuela. La ortografía y sintaxis, la jerarquización, la diversidad de fuentes, los datos duros, las descripciones e interpretaciones, la confirmación, la búsqueda de las voces primarias y de testigos. En fin. Se ejerce la nota dura y el reportaje de largo aliento, pero sobre todo hay dos géneros que son nuestro día a día, nuestros desafiantes aliados: la crónica y la entrevista.

La crónica y la entrevista según una definición contemporánea que incluyen sus rasgos informativos y narrativos clásicos como las citas textuales, los datos duros, los contextos y descripciones, pero también la interpretación de hechos, el humor, la crítica, la emotividad. Ello sin perder de vista el objetivo principal de todo texto periodístico que es informar. Solo que nosotros también entretenemos, contamos historias que no siempre son dramáticas o impactantes, muchas de ellas tienen final feliz.

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