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En mayo de 2016 junto a mis alumnos de Comunicación de la Universidad Iberoamericana hice un ejercicio que para mí devino remembranza. Cada uno de nosotros debía presentar al grupo a su periodista favorito. Opté por esta fórmula en vez de yo dar un listado de periodistas a los que consideraba referenciales para el aprendizaje de nuestra profesión.

El resultado fue revelador para todos porque salieron nombres inesperados o desconocidos para unos u otros. Desde José Martí hasta la feminista Gloria Steinem, la fashionista Suzy Menkes o el columnista Germán Dehesa. Yo participé en la dinámica y después de reflexionar al respecto opté por presentar a una periodista que en mis años de estudiante era alusión. Lo hice para tratar de estar en sintonía con los jóvenes y, sin darme cuenta al inicio, para revalorar y rescatar la obra de una periodista que, ahora, ya en su madurez profesional, no es tan referida o ha quedado bajo el nombre de su famoso y desaparecido esposo, el poeta José Emilo Pacheco.

Me refiero a Cristina Pacheco, una entrevistadora excepcional que ha logrado ser cauce de las voces más variopintas y significativas del México de los últimos 55 años. Es conocida por darle el micrófono a las personas de a pie, de quienes semana a semana extrae historias que en su mayoría habrían quedado confinadas. Este ejercicio le ha valido reconocimientos como el Nacional de Periodismo en México.

La intención de la clase no sólo era presentar una biografía, sino también exponer las peculiaridades del trabajo del periodista elegido y su contexto. En ese sentido sólo habríamos de decir que Cristina nació en un pueblo del estado de Guanajuato en 1941. Estudió Letras Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México e inició su labor periodística en 1960.

Desde entonces su pluma ha transitado por los extintos diarios El Popular, Novedades o El Sol de México hasta revistas como la emblemática Siempre! o la de la Universidad. Sus crónicas y entrevistas se volvieron indispensables en los periódicos El Día o La Jornada, donde desde 1986 tiene una sección titulada “Mar de historias”, ubicada en la contraportada de la edición dominical y donde relata el trajinar de las personas: sus dramas, batallas, alegrías, miserias, fortalezas.

Otra peculiaridad de Cristina, además su estilo personalísimo de entrevistar que consigue crear una empatía natural, es que se ha convertido en una decana de la televisión mexicana desde la televisión pública. En el Canal Once del Instituto Politécnico Nacional transmite hasta la fecha los programas “Aquí nos tocó vivir”, con 38 años al aire, y “Conversando con Cristina Pacheco”, que suma 20 años de existencia.

Dejé de leer y revisar la obra de Cristina Pacheco con la regularidad con la que lo hacía en la escuela justo cuando me gradué. Entonces comencé a trabajar en redacciones y a mirar otras plumas, que incluían a mis propios colegas tanto de México como de otros países. Aquellos compañeros de batallas no sólo se volvieron maestros sino inspiraciones. Como les comenté a los chicos, las referencias van cambiando y, en la medida que adquirimos experiencia, se van volviendo más eclécticas. Esto es una fortuna.

Por otro lado, una vez que comencé a ejercer el periodismo en las secciones culturales de los diarios Reforma y La Crónica de Hoy, me empecé a topar con Cristina en eventos que cubría. Como reportero empecé a llamarle y a enfrentarme a sus cortantes negativas a hablar o a pasarme a su esposo. La mayoría de las veces se le buscaba para llegar al famoso poeta. Ahora entiendo que eso ha de haber sido chocante. En persona era más arisca de lo que parecía en televisión. Entonces la admiración devino un injusto desinterés.

Pero ahora que me reencontré con ella creo que en esa injusticia no sólo caí yo sino el gremio. Les mostré a los muchachos un fragmento de la entrevista de Cristina a Laura León en “Conversando” y los caché divertidos y asombrados ante un personaje que puede resultar tan entrañable como La Tesorito. Luego vimos unos minutos de la emisión de “Aquí nos tocó vivir” que grabó días después del Terremoto del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México y que dedicó a las costureras. Los jóvenes estaban atentos.

Finalmente les leí párrafos de la entrevista al muralista Máximo Pacheco incluida en su libro “La luz de México”. Yo la mantengo en la memoria desde la primera vez que la leí en la universidad hace unos 17 años. Aún resuena la voz triste de un hombre caído en la miseria, cuya obra fue arrasada, que murió incapaz de superar un desamor de infancia que lo arrojó a la soledad. Los chavos, en su mayoría, estaban impresionados. La obra de Cristina aún tiene ese poder de cautivar.

Cuando iba a la universidad solía comprar con regularidad La Jornada. Particularmente los domingos para leer su “Mar de historias”. Ese hábito sí lo he dejado también en parte porque el diario ha perdido mucho de ese brillo que tenía en mi época de estudiante a finales del siglo XX. Además, sus entrevistas me parecen mucho más vigorosas que sus relatos, recogidos en títulos como “Sopita de fideo” o “Cuatro de azotea”.

Es inspirador, asimismo, ver a Cristina aún volcada en su trabajo, animosa, aun cuando ya ha pasado más de medio siglo de labor. Cualquier periodista sabe y dirá que este oficio resulta tan extenuante como enriquecedor. Así que hacerlo durante tanto tiempo con pasión y destreza es admirable.

Sólo queda dejar la invitación para regresar a una obra periodística que quedará como uno de los registros más completos y encantadores de la vida mexicana de la segunda mitad del siglo XX y de principios del siglo XXI. Uno que abarca desde la vida cotidiana en su sentido más cabal y respetuoso hasta el mundo de las estrellas, los personajes sobresalientes, las figuras de culto en deportes, cultura, espectáculos, política, economía, sociedad, academia. México se podrá entender en un futuro gracias al trabajo de Cristina Pacheco.

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