¿Qué pasó con mi proceso de adopción de un niño en el DIF?

Scroll down to content

Omar Garcia Villegas - Familia -10

En 2014 inicié el proceso de adopción de un pequeñito en el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia en la Ciudad de México. Poco antes de arrancar esa travesía, que anticipaba larga y azarosa, se lo comuniqué a mis padres que apoyaron mi decisión. Poco después, una vez encaminado en un taller obligatorio para los candidatos a padres adoptivos, comencé a compartirlo en mi entorno cercano: mis amigos, mi trabajo, otros familiares. Eventualmente terminé difundiéndolo abiertamente en redes sociales. Sobre todo por la recomendación dentro del taller de asumir sin recelo o dudas algo tan relevante que muchas veces se lleva en secreto. La idea era abrazar y sentirme orgulloso del paso que estaba dando.

Desde que hice mi solicitud y entregué la primera tanda de documentos esperé meses para tomar el taller que duró unas semanas en las que no podía faltar ni retrasarme porque perdía el derecho a continuar en el proceso. Era por las tardes. Me iba corriendo al salir del trabajo. Incluso me ausenté o interrumpí eventos laborales importantes. Al terminar el curso, cuando ya había transcurrido más de un año, comenzó la etapa de reunión de un mar de requisitos. Solo tenía un mes para recopilarlos y a esa tarea me dediqué a conciencia. Para entonces ya había empezado a acondicionar la recámara de mi futuro hijo: compré una cama individual, desocupé espacios en el entonces cuarto de visitas y ahora de entretenimiento, habilité muebles y objetos para un pequeñito de alrededor de ocho años. En el DIF se da a elegir el sexo y un rango de edad del niño que se desea adoptar. No obstante la institución informa en qué edades hay chiquitos listos para integrarse a una familia. Fue así que me dijeron que cuando yo estaba solicitando la adopción nada más había niños de ocho años en adelante. Si bien desde un principio no consideraba un bebé por mi condición de soltero y con un trabajo muy demandante, sí tenía en mente un pequeñito de unos cuatro a seis años. Sin embargo no era una condicionante insalvable y acepté.

Fue entonces que mi intención de ser papá se truncó. Di por hecho que el lapso para recopilar y entregar mi carpeta se cumplía a finales del mes en curso. Mayo de 2015 aunque no estoy seguro. No era así. La marcha contrarreloj empezó a contar desde el instante en que concluyó el taller los últimos días de abril de ese año. Me tardé en tener las cartas de recomendación que me llegaron los últimos días de mayo. Cuando llamé para hacer cita para entregar mi documentación me comunicaron que el plazo, por cuestión de un día, horas, se había terminado y que tenía que volver a empezar. Desconcertado pregunté si no había alguna alternativa. Que se trataba de una confusión mía y que el plazo, en todo caso, acababa de culminar. Me dijeron que no. Que la exigencia era máxima y que no había lugar a excepciones. No tengo quejas del trato que me dieron en el DIF, donde vi al menos en apariencia un respeto a la diversidad y seriedad en el proceso. Vi a parejas del mismo sexo. A varias personas solteras como yo. Nunca me trataron con suspicacia por ser un hombre solo tratando de adoptar un niño. Pero sí creo que a veces se puede confundir exigencia con burocracia.

Alrededor de año y medio de espera, trámites, cursos y recopilación de tantos documentos probatorios, fotos y cartas se había perdido. Aunque me sentí desconcertado y frustrado, no me deprimí ni me embargó la tristeza. Eso me hizo confirmar que estaba preparado para ser papá y me explico. Ser papá es una idea que siempre he tenido en mente. Adoptar fue la decisión que tomé después de sopesar varias alternativas. En mi caso no era importante que mi hijo fuera de mi sangre. Para mí el vínculo paternal realmente se forja en la convivencia. Opté por adoptar no porque me sintiera solo, porque necesitara tener algún lazo afectivo sólido dado que no había logrado tener una relación de pareja hasta ese entonces, porque quisiera hacer una caridad, porque pretendiera salvar y ayudar a la humanidad a través de una personita a la que podría darle alternativas a las que no había accedido, por sentirme bien conmigo mismo. Por el contrario. En ese momento de mi vida me sentía pleno, estable, seguro, alegre aun cuando 2015 fue un año laboralmente difícil. Estar solo era un gozo. En este contexto es cuando uno puede ser capaz de velar y querer incondicionalmente a alguien más. Tampoco me había hecho idea alguna de cómo podría ser mi hijo. Evité conscientemente y no caí en la tentación de verter expectativas o ilusiones en el pequeñito. Sabía que, como todos nosotros, tendría una historia. Experiencias duras, una personalidad definida que quizá nada tendría que ver conmigo ni mucho menos con lo que podría imaginar, desacuerdos, un camino propio que eventualmente lo llevaría a alejarse de mí.

Por eso digo que estaba listo para ser papá. Porque las razones que me habían motivado a adoptar a un niño eran, y así lo constaté en el taller para padres, las más adecuadas. O las menos infundadas en todo caso. Así que cuando me dijeron que no podía seguir en el proceso de adopción no se acabó ni se vació mi vida. Ser papá no era mi razón de vivir sino un estado que podría incrementar mi felicidad. Estaba dispuesto a transformar mi cotidianidad para comenzar una distinta junto a mi hijo. Hasta consideré tener un perro aunque no soy partidario de tener animales en casa. Eventualmente fui comentando con mis amigos que las dinámicas de las fiestas podrían cambiar y platicaba con mi famlia sobre el hecho de que una personita llegara a nuestra mesa a ser parte de las fiestas. Incluso me había imaginado la dinámica diaria de llevarlo a la escuela, después irme a trabajar y saliendo pasar por él y hacer tarea y un poco de ejercicio juntos. No sucedió.

Desde que se interrumpió mi proceso de adopción decidí repensar el asunto aprovechando que tendría que esperar casi otro año para iniciar una nueva solicitud. Opté por no hacerlo. Por evaluar otras posibilidades. Entonces no tenía una pareja así que por ese lado estaba completamente tranquilo. Seguí con mi vida. Contento. Completo. Más tarde llegó Marcos, mi primer y único novio hasta ahora. Arribó sin esperarlo justo cuando me sentía aún más pleno y no estaba en la ansiosa búsqueda de una relación. Con él he planteado la posibilidad de ser papás y es algo que él no contempla por ahora aunque tampoco lo descarta. Yo, por mi parte, aún quiero ser papá aunque no es un deseo obsesivo, angustiante, forzado. Por el contrario. Estoy listo por si sucede hoy, mañana o nunca. Hay quienes me han preguntado qué ocurrió con mi proceso de adopción y esto fue.

Anuncios

2 Replies to “¿Qué pasó con mi proceso de adopción de un niño en el DIF?”

  1. Gracias por compartir amigo, y aunque no seamos muy cercanos, me emocioné en aquel entonces con la noticia, ya que estoy seguro de que eres una persona integra, alegre, responsable y trabajadora; y que podrías ser un excelente papá.
    Que todo te resulte como tenga que ser. Abrazo grande.

    Me gusta

  2. En el dif no te valoran y NO TE CONOCEN, si supieran la calidad de ser humano que eres, te habrían dado al pequeño sin mayor averiguación. En fin ellos ellos le están quitando a un niño la oportunidad de tener una familia llena de amor, ternura y comprensión, que cualquier niño en esas circunstancias necesita. Recibe un afectuoso abrazo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: