Complicidades: Víctor Manuel Chima Ortiz, fotógrafo

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Esta es una serie de aproximaciones en tres tiempos a la obra (artística, literaria, periodística, audiovisual, sonora) de creadores que acepten un encuentro conmigo en este espacio titulado Complicidades. La dinámica es esta: los invito a enviarme una pieza o un texto en formato digital acompañado de un párrafo en el que resuman título y contexto en que se creó. Yo le escribo un Proemio al que seguirá la Voz del creador y la Obra en sí. Sea esta una conversación emocionante, emotiva y fructífera que a su vez sea abrazo

PROEMIO

Instagram es mi red social favorita porque, aun entre la saturación de imposturas y la infinita reiteración de lugares comunes, es viable el hallazgo de sensibilidades. Fue ahí donde me encontré con las fotografías de Víctor Manuel Chima Ortiz (Catemaco, Veracruz, 1988). Paulatinamente la obra del Chima, como siempre lo he identificado en Twitter, me fue seduciendo, imparable, por varias razones y la que más aprecio es su curiosidad por el otro, al que mira y capta con empatía pero sin conmiseración ni teatralidad. En sus fotos siempre hay personas, salvo excepciones. Y no es accidental, creo, sino todo lo contrario. Las personas le dan un sentido a lo que vemos porque las fotos de Chima son pequeños relatos. Fragmentos de historias. Nos sugieren o cuentan anécotas y contextos. Uno de los temas nodales de la obra de Chima es la urbe y es en estas fotos en las que más valoro la sincera integración del otro porque dota de humanidad a un sitio que puede ser tan desalmado como la Ciudad de México. Vemos rostros e individuos, no multitudes ni arquetipos. Vemos a papás con sus nenes de la mano, a amigos, a hombres y mujeres en entornos dramáticos, amables o alegres. Humanos. Pocas son las fotos de mera arquitectura, objetos o paisajes. Distantes. Indiferentes. Inmutables. Chima también tiene algunos coqueteos con el erotismo a través de autorretratos y retratos de otros muchachos. Y en ellos disfruto mucho su sensualidad, por supuesto, pero también su honestidad. ¡Vaya palabra tan manoseada! Pero aquí es muy idónea. ¿Por qué honestos? Porque no son selfies súper estudiadas y repetitivas. No se percibe la mera y vacua aspiración de lucir bien. Chima se muestra y muestra al otro tal cual es. Sus composiciones sí buscan detonar el deseo, por eso las gozo, mas no desde la aprehensión del dogma erótico establecido por las revistas de moda, la publicidad, la cultura del gym y el soft porn. Es más, Chima aparece con gestos adustos o incluso con armas u objetos violentos y amenazantes. Rechaza directamente la inocuidad del erotismo instagramero que, precisamente por ello, carece de la sensibilidad que sí contienen las fotos de Chima que, por su obra y sin conocerlo personalmente, lo percibo como un chico algo tímido pero de una curiosidad ingente. Un muchacho que juguetea irreverente con la cámara pero no con aquellos a los que capta con esa empatía que aquí queda de manifiesto con la imagen y con el texto que me envió: algo tan humano como un pescador y la historia de un niño que le teme al agua y admira a aquellos hombres, heróicos para él, que desafían las corrientes sobre endebles embarcaciones.

LA VOZ DE VÍCTOR MANUEL

Catemaco es la ciudad –o con cariño, el pueblo- en donde viví mis primeros 18 años. Aunque nací en San Andrés Tuxtla, ciudad vecina, me gusta pensar que mi vida en realidad comenzó en Catemaco. Ciudad conocida por ser la “Tierra de brujos”, también es un destino turístico por su impresionante vegetación y por estar a orillas del lago del mismo nombre. Siempre me llamó la atención tal cuerpo de agua. Le temía, le admiraba, le soñaba. Cuando era adolescente solía pasearme por sus orillas y sentarme sobre la  arena para ver a los pescadores trabajar, por las tardes, al anochecer, algunas veces al amanecer. Los observaba cuando preparaban las lanchas y los remos, con cubetas vacías y listas para recibir las mojarras, los topotes… lanzar las redes al agua. Nunca aprendí a nadar, por eso los pensaba como grandes hombres: sin miedo de caer al agua, guardando el equilibrio, con fuerza para lanzar y jalar las redes, llenas de pescados. Hace ya 10 años que vivo en la Ciudad de México, pero en cada oportunidad que tengo de volver, camino por el Malecón y nuevamente los observo. Y tomo fotografías, y regreso entonces a aquellas tardes soleadas, en las que imaginaba ser como ellos, intercesor entre el lago que da vida, y los habitantes del pueblo, mi pueblo.

LA OBRA

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Instagram de Chima: https://www.instagram.com/soyelchima/

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