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El 2017 fue transformador. Ya pasó la época de los balances, pero cuando debí haber escrito esto no estaba seguro de lo que quería decir ni tuve el tiempo ni el ánimo. Es ahora, ya entrado el 2018, que me cosquilleó el poner en claro lo que significó el año pasado como un ejercicio de asimilación de las experiencias y lecciones que percibí y que me transfiguraron en una versión más fuerte, balanceada, cierta y tranquila de mí mismo. Al menos eso creo. No quiero decir que me volví un santo o un héroe. Nada más lejos de la realidad. Pero sí me siento menos neurótico, disperso, asustadizo e inseguro.

La primera gran enseñanza vino con el diagnóstico de cáncer de próstata con metástasis de huesos de mi padre. Una noticia que cimbró mi mundo y el de mi familia. Que impactó no solo nuestra concepción de la vida sino la forma en la que nos relacionamos. Los afectos cercanos se volvieron más sólidos y los distantes, si bien no se rompieron del todo, dejaron de estar en el espectro de la obligatoriedad.

Pasamos una etapa de hospitalizaciones y de lidiar casi a ciegas con una enfermedad impresionante y aterradora. Mi papá estuvo muy grave. Pero con el paso de los meses fue mejorando. Los propios médicos están asombrados por los avances. De haber perdido el dominio de la mitad inferior de su cuerpo, ahora está en rehabilitación para dejar la andadera con la que se apoya para caminar y hasta sube escalones.

No sólo he sido testigo de que la determinación nos lleva hasta donde sea. También he comprendido que todos tenemos nuestras maneras de lidiar con la adversidad y que hay que respetar y tratar de comprender los tiempos y las formas de los demás. Imponer una vía de acción o soluciones, aunque lo hagamos con amor, es un camino directo a la desazón y al enfrentamiento. A la frustración porque nadie va a reaccionar exactamente como desearíamos. Y esto lo confirmé con otra gran lección que experimenté en 2017.

Justo en la plena crisis por la enfermedad de mi padre volví a dar clases de Periodismo en la Ibero. La segunda ocasión. Mi primera experiencia me había dejado satisfecho aunque cierto de que no tenía vocación para la docencia. Sin embargo, meses antes había aceptado una segunda oportunidad y, súbitamente, días antes del inicio de semestre me avisaron que ya estaba anotado en el equipo de profesores. Decidí no retractarme pese a que no estaba en condiciones de pararme frente a grupo. No imaginaba que nada sería como la primera vez.

En principio, el horario: clase de 7 de la mañana dos veces a la semana. Antes de las 6 tenía que salir de casa desde la zona Centro para llegar a Santa Fe y de ahí correr a mi trabajo en la tele en el Ajusco. No hubo día que no padeciera el caos, el tránsito y las desmañanadas. Los largos y complicados trayectos eran un viacrucis. Por si fuera poco me sentía disperso y desconcentrado. Solo pensaba en el cáncer de mi padre. Estaba triste y desaminado. Días antes me había quedado con él en el hospital y había decidido no seguir con los durísimos tratamientos de radioterapia. Tuve la impresión de que me estaba despidiendo de él. Fue algo muy doloroso, aunque lo comprendí. Me resigné. Además me sentía inseguro porque no había logrado planear como me gusta el curso pues me confirmaron mi participación con poquísima antelación, así que tuve que ir entre improvisando y retomando la planeación anterior.

Por si fuera poco me topé con un grupo dificilísimo. Muchachos de semestres avanzados que inmediatamente notaron mi estado de ánimo, mi desazón, mi debilidad. Que no estaban interesados en el curso de soft news que había propuesto en la universidad y con los que no lograba (ni logré nunca) conectar de ninguna manera. En lugar de un salón de clases me sentía en un campo de batalla. Y así fue hasta el último día. Nunca logré captar su atención. Por el contrario, todos mis intentos de animar la clase los sentí fallidos y cada día los notaba más aburridos, desganados y hartos. Me inventé dinámicas, visitas en clase, actividades y nada daba resultado. Eventualmente me contagié. Quizá los chicos tuvieron expectativas que no se cumplieron o simplemente, como me confesaron, estaban ahí por el horario. O porque no les quedaba de otra. Tampoco les reprocho absolutamente nada. Fueron unos grandes maestros para mí.

Justo cuando estaba a punto de tirar la toalla. De tomar alguna decisión radical como abandonar el trabajo y atenerme a cualquier consecuencia que ello significara o de plano decirle a los chicos que quien no quisiera estar ahí le regalaba la calificación, aun cuando me quedara sin grupo, ocurrió el terremoto del 19 de septiembre en el Centro de México. Un evento aleccionador no solo para mí sino para todos en la Capital. De ello surgió un proyecto que logró darle cauce al curso. A trompicones salió adelante. A regañadientas los chicos lo aceptaron y fueron aprendiendo del oficio periodístico. Por momentos llegué a pensar que les gustaba.

Por si fuera poco en el trabajo en la tele no le encontraba sentido a nada. Me sentía atrapado en una monotonía tan aplastante como exigente que no me permitía estar con mi padre más tiempo. O disfrutarme y disfrutar la vida que, como he sido testigo, puede resquebrajarse en un suspiro. Sentía que mi trabajo no valía ni interesaba. Pero todo fue cambiando. O, como decía, quizá fui yo quien cambió. El sismo fue una inesperada invitación a valorar y a abrazar la vida. Llegué a pensar que el edificio donde trabajo se caería y moriría. No fue así. Y poco a poco fueron surgiendo nuevos proyectos que me inyectaron vitalidad y ánimos. Comencé a ser consciente de todas estas experiencias.

Hacia finales de año todo el dolor, toda la incertidumbre, todo el desgaste, todo el cansancio, toda la desilusión que había sentido durante meses, hizo emerger a un yo más sólido y en paz. A alguien más cierto y consciente de sí mismo. A alguien más respetuoso de sí y los demás. A alguien más abierto a la sensibilidad sin, por ello, sentirme débil. A alguien que intenta valor a cada persona en su justa medida, que se exige reconocer los talentos de cada quien, que evita comparar en toda circunstancia, que trata de no tener expectativas de nada ni nadie.

Me resta aprender a decir que no. A reducir la ansiedad. A domar la neurosis y las manías. A no juzgarme por caer en el caos. Identifico, valoro y trato de desterrar lo que considero mis defectos, pero sin que ello signifique traicionarme. Mi novio Marcos, con quien cumplí dos años, ha sido mi gran maestro y dique en todo esto. Sigo comprendiendo. Comprendiéndome. Pero ya no me siento perdido ni solo ni dolido ni fracturado ni amargado ni inconforme. Este nuevo año me deseo y les deseo a todos lo mejor cada minuto.

Foto libre de derechos tomada de https://gratisography.com/

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